sábado, 27 de agosto de 2016

..Antiguo Palacio de Verano.









45- El Antiguo Palacio de Verano.



45- El Antiguo Palacio de Verano

5 de agosto

*Pensaba que se llamaba Palacio de Invierno hasta que he buscado la historia en internet para incluirla en el capítulo. Menuda confusión más tonta, el Palacio de Invierno es el de los zares de Rusia, conocido por el asalto de 1917. Que conste que la historia de su destrucción, a grandes rasgos, ya la conocía de antes.*
El plan del día era visitar la Tsinghua University, la Peking University y el Antiguo Palacio de Verano. O a lo que queda de él, más bien. Cogimos un autobús enfrente a mi hotel, con lo cual no tuve que desplazarme, y nos movimos dos paradas. Desde el sitio donde nos bajamos se veían a cierta distancia las dos torres de las residencias femeninas de la BFU. Igual podíamos haber ido andando, pero bueno. Fuimos bordeando un lateral de la Tsinghua University (pasamos al lado de un museo de arte perteneciente a la universidad que estaban construyendo) hasta que encontramos una puerta. Tenía un aspecto bastante clandestino y el guardia de seguridad no nos dejó pasar, debíamos ir a la puerta principal. Recordemos que en mi anterior visita (capítulo del 4 de junio) no nos habían puesto ninguna pega en la visita, porque de hecho estábamos simplemente de paso. Cogimos dos taxis para ir a la puerta principal y allí nos informaron de que el horario de visitas había terminado una hora antes (eran casi las 11:00). Decidimos ir hasta el Antiguo Palacio de Verano, que está muy cerca, y regresar por la tarde.
En este capítulo voy a hacer un repaso histórico a la destrucción del Antiguo Palacio de Verano, puesto que es necesario para comprender por qué desapareció y porque el capítulo me parecería corto si simplemente contara que visitamos unas ruinas y un parque. El que fue el Palacio de Verano original, donde el Emperador residía durante los meses calurosos, se construyó a principios del siglo XVIII. La mayor parte del complejo estaba formado por edificios de estilo tradicional chino, es decir, de madera. Sin embargo, una parte de los palacios fueron construidos en piedra. Son las ruinas de esos edificios las que sobreviven a día de hoy. La extensión de los jardines imperiales en su época de mayor expansión fue de 3,5 kilómetros cuadrados, casi 5 veces el tamaño de la Ciudad Prohibida. Además de los palacios y galerías, en los jardines había varios lagos artificiales y canales. Según diversas fuentes, la cantidad de obras de arte que se encontraba en el Antiguo Palacio de Verano era abrumadora. Las reconstrucciones de los palacios de piedra son espectaculares y se ganaron el sobrenombre de “el Versalles chino”. Una verdadera lástima que fuera destruido.
En 1860, durante la Segunda Guerra del Opio (librada por Francia y Gran Bretaña contra China por la legalización del comercio del opio, que favorecía a las potencias europeas), los británicos enviaron una delegación a negociar las condiciones de una tregua con China. Los miembros de la delegación, británicos e indios, fueron terriblemente torturados y algunos murieron. Ese fue el motivo por el que los británicos decidieron arrasar el Palacio de Verano, como represalia por el trato que recibió la delegación. Es decir, no se trató de un pillaje no premeditado sino de algo deliberado. No se pretende con esto defender a uno u otro bando, sólo de explicar los antecedentes. Fuerzas británicas (también francesas, según algunas fuentes) saquearon y posteriormente quemaron el palacio en 1860. Se dice que las riquezas eran tantas y el saqueo fue tan apresurado que muchos adornos de oro fueron quemados al confundirlos con latón. Apenas 13 edificios sobrevivieron a la destrucción, la mayoría en zonas periféricas del complejo. Sin embargo, en 1900 y durante la invasión de la alianza de las ocho naciones tras la rebelión/levantamiento de los Bóxers, el complejo fue arrasado nuevamente y los edificios supervivientes se destruyeron. No hubo una “justificación” a esta acción, como en el caso del asalto de 1860, simplemente volvieron a saquear el lugar y tras eso la guerra terminó. La rebelión/levantamiento (la diferencia entre esos términos es parecida a hablar de golpe de estado o alzamiento nacional cuando se hace referencia a España en el 36, depende de quién lo cuente [porque a algunos parece que les molesta admitir que hubo un golpe de estado]) fue la siguiente: cansados de la influencia occidental, una parte de la población china (los Bóxers) comenzó a masacrar a extranjeros y chinos católicos en el país. El punto álgido fue un asedio al barrio de las embajadas en Beijing, el cual todas consiguieron soportar hasta la llegada de las tropas extranjeras salvo la alemana (se encontraba en otra parte de la ciudad), que fue asaltada y su embajador asesinado. Eso desencadenó una guerra entre China (la emperatriz Cixi era favorable a los Bóxers) y ocho potencias extranjeras, incluyendo Japón, Rusia, los EEUU, Alemania, Francia y Gran Bretaña. Imperialismo contra imperialismo, quien lo terminó sufriendo fue la población civil y el patrimonio histórico, como sucede siempre.
Tras entrar en el parque (precio de la entrada, 15 yuanes), cogimos un micro-bus para que nos llevara hasta la parte donde se encuentran los restos de los palacios. A su alrededor hay construidas pasarelas que circulan sobre el pantano donde reposan las rocas de mármol tallado, entre tallos de loto que alzan sus flores al cielo. Un cementerio precioso. Tras contemplar los restos de los edificios y los museos donde se exhiben los restos arqueológicos más importantes del lugar (así como reconstrucciones, antiguas fotografías y restos de las vigas de madera quemadas) fuimos a los lagos imperiales. Hay tres cosas en el complejo que merece la pena destacar. La primera de ellas, un laberinto construido con muros de piedra de un metro de altura en cuyo interior se alza un majestuoso edificio de mármol blanco. La segunda, un busto del escritor Victor Hugo que se encuentra en uno de los jardines. Tras la primera destrucción del palacio en 1860, el autor fue muy crítico con el gobierno de Francia por ese suceso, de ahí que se lo agradecieran de manera simbólica.
El tercer punto notable de interés es la fuente Haiyantang, un reloj de agua que estaba originalmente rodeado por doce cabezas de bronce, simbolizando cada una un animal del horóscopo chino. Cada una de las cabezas escupía agua en una hora diferente y cada 12 horas todas escupían agua de forma simultánea. La fuente fue destruida en 1860 y las cabezas robadas; la fuente que se puede ver en la actualidad está rodeada por doce estatuas de los animales correspondientes. En la tienda de souvenirs del palacio, muy completa y con cosas interesantes a la venta, hay una sala donde se exponen réplicas de las cabezas de bronce originales y donde se pueden adquirir copias a distintas escalas. La historia posterior de las cabezas es interesante. En el año 2009, la casa de subastas Christie’s sacó a subasta un lote de obras de arte pertenecientes al difunto Yves Saint Laurent, entre las que se encontraban la cabeza de la rata y la del conejo. Esto desató mucha polémica en China, ya que la gente vio como una ofensa que bienes culturales robados fueran subastados en lugar de ser devueltos a China. El que era dueño de las obras de arte, lejos de calmar los ánimos, dijo que las entregaría de buena gana a China si a cambio devolvían la independencia al Tíbet. Con un par, oye, como si la posesión de bienes robados se justificara por la política interior del país al que han sido sustraídos. El gobierno chino se negó rotundamente a pagar por algo que había sido robado, pues supondría legitimar el robo. En el año 2013, ambas cabezas fueron donadas a China por otro coleccionista de arte. China ha recuperado también otras cinco cabezas: buey, tigre, caballo, mono y cerdo. Tres de ellas fueron adquiridas en subasta por una empresa china especializada en obras de arte, llegando a pagar 80 millones de dólares por la del buey. Las otras dos fueron compradas por un filántropo chino y donadas a museos. Las cabezas de dragón, serpiente, cabra, gallo y perro llevan desaparecidas más de 150 años, aunque el gobierno chino espera recuperarlas.
Tras la visita fuimos a almorzar a un restaurante que estaba a medio camino entre el Antiguo Palacio de Verano y la Tsinghua University. A Bella se le fue la mano pidiendo la comida, fuimos incapaces de terminar todos los platos por mucho empeño que pusimos. Los platos más deliciosos fueron el pollo kung pao y unas tiras de carne de cerdo acompañadas de zanahoria frita, que se comían de forma similar al pato a la pekinesa y con una salsa parecida. Tras terminar y esperar un rato para que reposara la comida, regresamos caminando a la puerta de la universidad, sólo para recibir la misma respuesta que por la mañana. La cola de gente esperando a entrar era impresionante. Los estudiantes, por cierto, entran usando una puerta lateral en la que enseñan sus carnets. A continuación fuimos bordeando la universidad hasta topar una parada de autobús.
Como todavía era temprano para regresar al hotel, decidimos visitar un parque que se encuentra cerca de la BFU y del Palacio de Verano. Un cartel anunciaba que el parque, junto con otros ocho repartidos por el distrito de Haidian, se había creado para aliviar las épocas de sequía en la ciudad y acumular el agua de lluvia en lagos. Construir los nueve parques requirió apenas seis meses. Estos chinos son unos maestros de la planificación urbanística. En un merendero había un hombre tocando una especie de violín, compuesto por dos cuerdas de metal. Nos entretuvimos escuchándole hasta que fue la hora de regresar. Al lado del parque, cosa curiosa, se asomaba entre los tejados el campanario de una iglesia. De camino al hotel decidimos ir por la noche a Wang Fu Jing para ver la zona comercial en su máximo esplendor, por lo que pasé por el hotel para ducharme y cambiarme de ropa.
Tras la cena cogimos el metro para ir al centro de la ciudad. Tanto la avenida de grandes centros comerciales como el laberinto de calles estrechas son espectaculares por la noche. Al menos hasta las 22:30-23:00, que es cuando las luces comienzan a apagarse. Esta vez me animé a probar los escorpiones fritos, una brocheta con tres pequeños escorpiones dorados. En la mayoría de puestos los vendían por 30 yuanes, pero en la visita anterior había visto alguno donde se podían comprar por 20. Fui regateando infructuosamente por todos los puestos hasta que di con uno que los ofrecía al precio deseado. Estaban vivos hasta el minuto antes de que yo les hincara el diente, cuando los frieron. Seguramente os preguntéis a qué sabe un escorpión. En el caso de la variedad pequeña, pues los que son negros y grandes pueden saber diferente, es como comerse un camarón frito. No notas el sabor de la carne, que es escasa, sino el del exoesqueleto frito. También compré un ajedrez chino, con las fichas talladas en madera, por 45 yuanes. Igual podía haberlo sacado por menos, aunque en Taobao están más caros. Ya de vuelta en el hotel me percaté de que no era un ajedrez chino, sino uno europeo con las piezas y la caja de estilo asiático. Me sentí un completo idiota por no haberme dado cuenta al echar en falta los dos cañones y ver una reina en lugar de dos consejeros.
Cuando cogimos el metro de vuelta eran casi las 23:00, la estación estaba atestada y las máquinas no funcionaban, por lo que debimos sacar los billetes en ventanilla. La empleada que nos atendió dijo que el billete no era hasta la parada a la que queríamos ir, porque no había metro, sino a la parada anterior. No entendimos muy bien lo que quiso decir. Así pues, en lugar de hacer dos transbordos, decidimos bajarnos en la estación del segundo transbordo. Fue una mala decisión, pues desde la calle vimos pasar el metro que supuestamente “no había” y que nos hubiera llevado a la universidad. Todos los taxistas a los que pedimos indicaciones nos dijeron que la carrera serían 100 yuanes, un completo robo. Los taxistas piratas eran incluso peores. Puesto que estábamos al lado de una estación de autobuses decidimos alejarnos y parar un taxi en plena calle. Alguien dijo que podríamos ir andando, sin tener en cuenta que no sabíamos llegar al hotel y que podía llevarnos varias horas. Conseguí por fin parar un taxi y que, tras enseñarle el papel con la dirección de la BFU que llevo siempre encima (pensando en ese tipo de situación) y preguntarle el precio, se limitara a señalar el taxímetro y el asiento de atrás. Da gusto encontrarse con gente honrada. El viaje nos salió por apenas 30 yuanes.

jueves, 25 de agosto de 2016

..Mercado de la Seda y curiosidades.

Fachada Mercado de la Seda.



 Pastel de queso? noooo... Tocino!!!!

Preciosa y colorida vista nocturna.

miércoles, 24 de agosto de 2016

..Interior del Templo del Cielo.


 Altar principal, llamado Corazón del Paraíso.



..Visitando exteriores en el Templo del Cielo.






 Puente de los pasos bermellones.
 Bóveda imperial del cielo.
 Altar del montículo circular.

..El Templo del Cielo.







44- El Templo del Cielo.



44- El Templo del Cielo

4 de agosto

Otro título apropiado para el capítulo podría ser “Amigo, amigo, momentito. ¿Cuánto precio final? Esto muy buena calidad. Finito, finito, no bromas”.
El jueves Aica nos acompañó a la visita turística junto con Bella. No lo he comentado antes, pero Bella llevaba todos los días una mochila cargada de chucherías y galletas. Se las ingenió para no repetir la selección de comida ni un solo día de la semana. Por la mañana seguimos el protocolo habitual: hall del hotel, estación de metro al lado de la BFU, viaje en metro, estación de destino. La estación estaba cerca de una de las cuatro entradas al templo, que se sitúa en un recinto bastante grande, con espacios arbolados.
De todos los monumentos que he visitado, el que más me ha gustado ha sido sin duda alguna el Templo del Cielo (Tian Tan en chino). Se trata de un complejo de diferentes templos ceremoniales donde los emperadores de las dinastías Ming y Qing realizaban sacrificios y ofrendas anuales para agradecer al cielo (entiéndase como Paraíso, no como el cielo azul; en inglés se usa la palabra Heaven, no sky) las buenas cosechas de ese año. Fue construido en las primeras décadas del siglo XV por el Emperador Yongle, el mismo que ordenó la construcción de la Ciudad Prohibida (me cae bien, se ve que le gustaba hacer… cosas). El Emperador era considerado como un enviado del cielo, que se encargaba de administrar los asuntos terrenales. Dos veces al año, en primavera y otoño, el Emperador realizaba ofrendas para pedir y agradecer buenas cosechas. El más mínimo error durante las ofrendas era considerado como un mal augurio para el año próximo. El edificio principal del complejo, el que los europeos caracterizamos como “el” templo, es una estructura circular de 36 metros de diámetro por 38 de altura, con tres tejados rematados en una esfera dorada y construido completamente de madera sin usar clavos. El edificio actual fue reconstruido tras un incendio producido por un rayo en el siglo XIX. Se eleva sobre una plataforma de mármol blanco dividida en tres tramos de escaleras con 9 escalones cada uno, que para los chinos es el número de la buena suerte. El edificio se denomina “sala de plegarias para la buena cosecha” y su propósito es el que indica el nombre.
Otras dos estructuras importantes son la bóveda imperial del cielo y el altar del montículo circular. La bóveda es como una versión en miniatura del edificio principal, con un solo tejado. Ambos están conectados por el “puente de los pasos bermellones”, que es una rampa descendente desde el edificio mayor hacia el menor. Ambos están alineados con el altar del montículo circular, y las entradas de ambos edificios se orientan hacia allí. Es una plataforma circular dividida en tres tramos de escaleras con nueve escalones, a la que se accede cruzando tres arcos de piedra en paralelo, encajada en un patio cuadrado. En una esquina del patio se encuentran las vasijas de piedra donde los sacrificios ceremoniales eran cremados durante la ceremonia, el día del solsticio de invierno. El altar principal del Templo del Cielo es la plataforma circular vacía, no uno de los edificios. En el centro de dicha plataforma se sitúa una losa circular, ligeramente elevada, llamada Corazón del Paraíso o Yang Supremo. La losa está rodeada por círculos concéntricos de losas, nueve o múltiplos de nueve. El altar tiene más de 500 años y se conserva perfectamente debido a que fue restaurado en el siglo XVIII y a la calidad de la piedra. Se dice que la voz de aquel que habla desde la losa central puede ser escuchada por los cielos. Misticismos aparte, existe un efecto notable de eco debido a que las losas del suelo reflejan perfectamente el sonido y a que el altar es circular y se encuentra en un espacio abierto. La voz de quien habla desde el centro del altar se amplifica el doble de su volumen normal. Debido a esto había una cola de gente esperando su turno para subirse a la losa, que les sacaran una foto y pegar un grito al aire. Ah, si el Emperador levantara la cabeza…
Recorrimos las partes principales del complejo por la mañana, incluyendo el edificio donde se sacrificaban los animales para el ritual de la cosecha. Había unos pozos enormes sobre los que se colgaban los animales para exanguinarlos (para los de la LOGSE: quitarles la sangre) y unas ollas de bronce donde se cocinaba la carne. Curiosamente había que enseñar el pasaporte para sacar una entrada y acceder a ese pequeño recinto, pero la entrada era gratis. ¿Control de turistas? No recuerdo si también lo pedían para entrar en el complejo del Templo del Cielo. La entada, a todo esto, costaba 40-45 yuanes pudiendo visitar todos los sitios dentro del complejo, o bien 20 yuanes para entrar a los parques. Se ve que a la gente le gusta echar la tarde en un parque bien cuidado pese a tener que pagar entrada. De camino a la salida vi algo muy curioso: en los árboles al lado de la calzada había colgadas unas bolas de color crema. Eran capullos que contenían crisálidas de algún insecto, los habían recortado para que los adultos pudieran salir sin problemas. Según me explicó Aica, se trata de una especie beneficiosa para los árboles, pues se come a los parásitos. Muy ingenioso.
Volvimos a coger el metro para ir al mercado de la seda, ese centro turístico que aparece en todas las guías de “qué ver en Beijing en 5 días”. Debido a esto, y no lo digo por decir, encontramos más españoles en el mercado de la seda que en el resto de sitios turísticos juntos. Aquello era la maldita jungla de los regateos. Pero no es buena idea regatear con chinos teniendo el estómago vacío, así que antes fuimos a almorzar. A poca distancia del mercado hay un restaurante que sirve comida típica de la provincia de Bella y Aica, aunque no recuerdo cual es el sitio. Yunnan, tal vez. Se trataba de una cadena de restaurantes bastante conocida, por eso nos lo recomendaron. Pero llegamos un poco tarde, pasadas las 15:00, así que los empleados estaban en su turno de descanso y no había nadie más almorzando. Los platos fueron: un pollo kung pao muy especiado y con sabor a miel, muslo de pollo en caldo picante, revuelto de berenjenas y judías, caldo de setas con tofu, carne de cerdo con noodles y setas, pastelillos dulces de postre y un cubo de tocino con sus capas de piel y grasa correspondientes. En general estaba todo muy picante. Curiosamente, en España me llegan a poner delante un cacho de tocino asado y no me lo comería aunque me apuntaran con una pistola. Me limité a cortarlo en cuatro partes con los palillos y me lo comí entero. Estaba bueno, la grasa le daba un sabor muy dulce.
Ya con los estómagos llenos, nos dirigimos al mercado de la seda. Es un edificio bastante grande, tiene ocho plantas y cada una está especializada en algo. Todo lo que se vende son imitaciones, pero algunas son tan buenas que es difícil distinguirlas del producto original. Al fin y al cabo, se hacen en las mismas fábricas y con los mismos materiales. Había todo tipo de ropa, una planta entera de calzado, bolsos para aburrir, una planta entera de joyería, gafas de marca, pasillos enteros con tiendas de relojes, jugueterías, tiendas de souvenirs y electrónica variada. No se me ocurriría comprar algo más tecnológico que un pendrive en ese sitio, y el pendrive según para qué lo vaya a usar. Los souvenirs no es buena idea comprarlos allí, pues son los mismos que puedes encontrar en tiendas callejeras y allí los tienes más baratos. Es buena idea saber cuánto estás dispuesto a pagar por algo y saber cuánto te cuesta en otros sitios. Mientras los españoles regateaban, Bella sacaba disimuladamente fotos y con una app buscaba esos mismos productos en taobao, para hacerse una idea del precio.
Adelanto que yo no compré nada, principalmente porque no había llevado mucho dinero y porque no me gusta la ropa de marca. ¿Por qué gastarte 15 euros en calzoncillos de Armani si los puedes comprar mucho más baratos sin ser de marca? Con el tema de los calzoncillos nos dimos cuenta de que en dos tiendas donde vendían lo mismo y al mismo precio la calidad de la tela era muy diferente. Los españoles eran unos expertos en regatear. Como cada uno quería diferentes cosas, volvían locas a las dependientas. Además, intentaban comprar todo en lotes. En una tienda de calzado, cuando ya habían acordado un precio para dos pares de tenis Adidas, saltaban a negociar por cinco pares. En esa tienda en concreto compraron siete pares a un precio de risa, menos de 20 euros cada uno. Curiosamente, el sábado por la tarde volvimos y repitieron la escena en la misma tienda, aunque esa vez el resultado no fue tan prometedor. Me sorprendió que los dependientes hablaran aceptablemente bien el español, mejor que Wasson. Supongo que hablarán al mismo nivel varios idiomas, para facilitar el regateo. Usan unas calculadoras gigantes para enseñar los precios, y tú escribes el que estás dispuesto a pagar.
Yo no estaba interesado realmente en comprar nada, pero sí quería ver los precios de los relojes, pues tengo un amigo que de eso entiende mucho y le encantan los trapicheos (un saludo, Wilson, aunque sé que no lo leerás). En la primera tienda de relojes en la que entramos fui a acertar, de todo el mostrador, el único reloj de pulsera que era mecánico y de cuerda. Tengo uno de esos, una réplica de un Flieger B-Uhr, al que se le rompió el cristal hace dos años y nunca me dio por arreglarlo. El que encontré en la tienda era un Patek Philippe, en Taobao cuestan bastantes miles de yuanes. Yo sabía que era caro, la dependienta sabía que yo lo sabía, y yo sabía que ella sabía que yo lo sabía. Con lo cual, me negué a decir un precio hasta que ella dijera el suyo y comenzó por bajar de 2600 a 1700 yuanes, sin tener que regatear. Tranquilamente lo podía haber dejado en 400 y con algo de esfuerzo por menos. Recordemos que 100 euros son más de 700 yuanes. Por mucha copia que sea, no deja de ser una ganga. Además, la tapa trasera era de cristal y dejaba ver los mecanismos en funcionamiento, al igual que el B-Uhr. Me costó bastante esfuerzo salir de la tienda. Curiosamente, en ese mismo pasillo una tienda exhibía en su escaparate una copia mala del B-Uhr. Menuda forma de afear un diseño bonito.
Lo que no se debe hacer (o sí, porque el resultado tampoco fue desastroso aunque un tanto embarazoso) es empezar a regatear por algo que no quieres comprar. En la siguiente tienda pregunté por relojes automáticos y me sacaron del mostrador unos Omega de acero. Preciosos. El vendedor comenzó por 1400 yuanes e, inconsciente de mí, le dije que 200. O algo así. Sin saber dónde me metía, cerramos la negociación en 350. Pero yo no quería el reloj. Simplemente dije que no, cuando me preguntó por qué (es raro decir que no cuando has terminado de negociar) dije que me seguía pareciendo caro. Terminamos la segunda ronda de consultas en 270. Yo llegué a sacar la cartera y le pedí a Bella que me prestara 100 yuanes (eh, que nadie se escandalice, entre los otros tres ya le debían más de mil a esas alturas). Me salvó Teresa, que empezó a decir que era muy caro y se puso a negociar ella con el vendedor. A todo esto, le estaban regateando por dos relojes a la vez para que los compraran Aica y Bella. Yo comencé a recular, guardando la cartera, pues realmente no quería comprar. El vendedor se puso a gritar cuando yo ya estaba fuera de la tienda, así que la cosa no fue conmigo. El último precio que gritó fueron 200 yuanes. Menos de 30 euros por unos Omega automáticos sin ningún desperfecto a la vista. Terminó gritando a Teresa que estaba loca y le hizo un corte de manga a Antonio en el pasillo. Eso sí, los otros dos relojes se los sacaron por 80 yuanes cada uno.
Otro episodio curioso sucedió cuando estábamos en una tienda de bolsos. A medida que Teresa le apretaba las tuercas a vendedor, éste decidió bajarnos a la trastienda. La situación fue de película, nos metió por una puerta de emergencias que daba a unas escaleras y bajamos al sótano del edificio. Tras atravesar pasillos de ladrillo, abrió una puerta y entramos en el almacén de los bolsos. Llega a verlo mi hermana y le da una lipotimia. Me puse a hojear una pila de Versace y Prada diminutos que había en un estante mientras Teresa intentaba que le dejaran por menos de 400 yuanes un Hermes de cuero azul. Se terminó llevando otro de menor calidad por 180. Pero una vez cerrado ese trato el vendedor accedió a bajarle el precio al Hermes, aunque ya era tarde para venderlo. También compraron algunas gafas de sol y camisetas de marca. Insisto, yo esas cosas prefiero comprarlas por 20 yuanes y sin regatear en el centro comercial que hay al lado de la universidad. Cuando salimos a la calle varias señoras cargadas con bolsas de basura negras nos rodearon y comenzaron a exhibir fajos de pañuelos y pequeños bolsos. Teresa compró cinco bolsos de mano por 50 yuanes, a poco más de un euro cada uno. Eran de marca, claro. Fui poco espabilado, debí haber aprovechado que ya estaban regateados para comprar otros cinco.
Ese día fuimos a cenar a un restaurante en la ciudad. Cuando vas andando de un sitio a otro en Beijing es normal tener que recorrer varios kilómetros, pero la ciudad por la noche es bastante agradable. Pasamos por una calle donde había una pantalla LED gigante suspendida sobre columnas. Mide 250x30 metros, casi como el monitor que uso para mi ordenador de sobremesa. Aparentemente el sitio se llama “The Place”, sin mayores adornos. Debajo de la pantalla había niños jugando a diferentes atracciones. ¿Conocéis la típica de subirte a un caballo, meter una moneda en la ranura y que se empiece a mover? Allí había niños montados en armaduras de marines espaciales del Warhammer 40K, de metro y medio de altura y cubiertos de luces, que daban vueltas por la calle. Otros lanzaban unos discos luminosos al aire, que alcanzaban una gran altura antes de caer y echar a rodar sobre el pavimento. Los niños parecían muy entretenidos. Después de una parada bajo la pantalla gigante, seguimos andando una media hora hasta una calle de restaurantes.
Escogimos uno que era italiano, al menos en lo que a decoración y menú se refiere. Decidimos seguir con la rutina de pedir platos para comer entre todos e ir picoteando, aunque en esta ocasión con cuchillo y tenedor. Los platos fueron; una tabla de diferentes clases de pan con aceite y pesto, lasagna, una fuente de queso con verduras, una ensalada con queso gratinado y pizza de queso con jamón. Sabía todo exquisito. De vuelta a la estación de metro atravesamos uno de los principales barrios financieros de la ciudad, donde también se encuentran las embajadas, aunque no recuerdo el nombre del sitio. Había gente cantando en la calle o tocando instrumentos. El nivel de contaminación lumínica de esta ciudad debe irle a la zaga a la contaminación ambiental, pues algunos edificios estaban cubiertos por pantallas enormes. Uno tenía alrededor un entramado de luces con forma de panal de abejas, de color azul y con el logotipo de la empresa destacado en rojo. Cogimos uno de los últimos metros del día. Llegué a mi hotel pasadas las 23:00, agotado pero contento de haber aprovechado la jornada.